Un hombre, una mujer… y un talento común para la manipulación. Tigelino aconseja al emperador organizar unos juegos grandiosos para distraer al pueblo, hacerle olvidar el gran incendio de Roma y la conspiración de Pisón… y permitir así que Nerón obtenga los laureles del mayor poeta, alimentando su orgullo. Un orgullo que Tigelino no es el único que sabe manejar: la temible guerrera conocida como la Hidra sigue ahí, agazapada en las sombras, y su influencia inquieta incluso a la emperatriz Popea. Los dos manipuladores forman una pareja perfecta: mientras uno se deja guiar por una ambición desmedida, la otra busca dar salida a la rabia acumulada durante sus años al servicio de Insanius.
Los viejos demonios despiertan, el pasado y los recuerdos resurgen, al igual que las raíces de una amistad sólida e inquebrantable… No hace falta más para que Lucio Murena, bajo la mirada de la Hidra, declare a su emperador: «Debo quedarme. Me necesitas. Igual que yo te necesito a ti».